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SOBRE LA CORONACIÓN DE MARIA REINA

por Giorgio Sernani
María Reina
Cantaré un himno a la Reina Madre
y me acercaré gozoso a celebrar sus glorias
cantando alegre sus maravillas...
¡Oh Señora!
nuestra lengua es incapaz de alabarte dignamente
pues Tú, que engendraste a Cristo Rey,
has sido elevada sobre los Serafines...
Dios te salve, ¡Oh Reina del mundo!
¡Oh María! Reina de todos nosotros
Himno Akathistos




María es Reina; Reina y Señora de todo lo creado. A través de los siglos los cristianos así la reconocieron en Oriente y Occidente. Al Papa Pío XII correspondió el honor de fundamentar la doctrina sobre la Realeza de María e instituir su fiesta, en su magna encíclica “Ad Coeli Reginam”, uno de los hechos dominantes del primer Año Mariano Universal. En ella nos dice:
“Hemos recogido de los monumentos de la antigüedad cristiana, de las oraciones de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de arte, de todas partes, expresiones y acentos según los cuales la Virgen Madre de Dios está dotada de la dignidad real, y hemos demostrado también que las razones sacadas por la Sagrada Teología del tesoro de la fe divina, confirman plenamente esta verdad. De tantos testimonios aportados se forma un concierto, cuyo eco llega a espacios extensísimos, para celebrar la suma alteza de la dignidad de la Madre de Dios y de los hombres, la cual ha sido exaltada a los reinos celestiales por encima de los coros angélicos”.
(Pío XII, Encíclica “Ad Coeli Reginam”, 11 de octubre de 1954)


El 1º de noviembre del mismo año, en la Basílica Santa María la Mayor, ante 450 delegaciones de los santuarios marianos más importantes del mundo, que llevaban sus estandartes con las Imágenes de sus advocaciones, el Papa Pío XII proclamó la Realeza de María, y coronó a la Virgen como Reina del Mundo en su Icono Salus Populi Romani, y explicó el sentido de esa Realeza:
“La realeza de María es una realeza ultraterrena, la cual, sin embargo, al mismo tiempo penetra hasta lo más íntimo de los corazones y los toca en su profunda esencia, en aquello que tienen de espiritual y de inmortal. El origen de las glorias de María, en el momento culmen que ilumina toda su persona y su misión, es aquél en que, llena de gracia, dirigió al arcángel Gabriel el Fiat que manifestaba su consentimiento a la divina disposición, de tal forma que Ella se convertía en Madre de Dios y Reina, y recibía el oficio real de velar por la unidad y la paz del género humano”.
(Pío XII, Alocución “Le testimonianze”, 1º de noviembre de 1954)


María es coronada como Reina en el Cielo, por la Santísima Trinidad. Su corona es el Amor de las tres Divinas Personas Su corona son las doce estrellas que nos muestra el Apocalipsis, que simbolizan las doce tribus de Israel y los doce Apóstoles, con todos nosotros, sus hijos.

Su corona es también el conjunto de dones, privilegios y glorias que le ha regalado el Creador, sólo concedidos a Ella, su obra perfectísima. La Virgen Santísima también es coronada en la tierra por nuestro amor de hijos, cada vez que le rezamos el Rosario. Continuamente, en todo el mundo, se ofrecen a María infinidad de Rosarios, coronas de amor que el mismo Dios nos da para que coronemos a Su Madre.

La Iglesia en su Liturgia también corona a María, y lo hace con solemnidad en las imágenes más veneradas, las que más vivamente han reflejado a la Virgen, siendo causa de conversiones o centro de comunidades que no pocas veces se suscitaron y conformaron en torno a ellas.

El Ritual de la coronación de una imagen de la Santísima Virgen” explica la “naturaleza y significado del rito:
“La veneración de las imágenes de la Santísima Virgen María frecuentemente se manifiesta adornando su cabeza con una corona real. Y, cuando la imagen de la Santa Madre de Dios lleva en sus brazos a Su Divino Hijo, se coronan ambas imágenes (...).
La costumbre de representar a Santa María Virgen ceñida con corona regia data ya de los tiempos del Concilio de Efeso (431) lo mismo en Oriente que en Occidente. Los artistas cristianos pintaron frecuentemente a la gloriosa Madre de Dios sentada en solio real, adornada con regias insignias y rodeada de una corte de ángeles y santos del cielo. En esas imágenes no pocas veces se representa al divino Redentor ciñendo a su Madre con una refulgente corona”
(Pío XII, “Ad Coeli Reginam”, 11 de octubre de 1954).


La costumbre de coronar las imágenes de Santa María Virgen fue propagada en Occidente por los fieles, religiosos o laicos, sobre todo desde finales del siglo XVI. Los Romanos Pontífices no sólo secundaron esta forma de piedad popular, sino que además, “muchas veces, personalmente con sus propias manos, o por medio de obispos por ellos delegados, coronaron imágenes de la Virgen Madre de Dios ya insignes por la veneración pública”. (Pío XII, “Ad Coeli Reginam, 11 de octubre de 1954”).

Y, al generalizarse esta costumbre, se fue organizando el rito para la coronación de las imágenes de Santa María Virgen ...(se incluyó en el Pontifical Romano el Ordo impuesto en el siglo XVII...). Con este rito reafirma la Iglesia que Santa María con razón es tenida e invocada como Reina, ya que es: Madre del Hijo de Dios y Rey mesiánico, colaboradora augusta del Redentor, Perfecta discípula de Cristo, miembro supereminente de la Iglesia.”

Por eso el pueblo de Dios tiene innumerables imágenes, en todas las latitudes, de muy diversas hechuras, con mayor o menor valor artístico, que los pastores coronaron reconociendo la realeza siempre maternal, y siempre dulcemente amorosa, sobre ese pueblo. Y en muchos casos,.el propio Sumo Pontífice es quien las coronó. Así fueron honradas las más célebres imágenes del mundo, entre las que se cuentan muchas nuestras.

El Papa –o el obispo- al coronar la Imagen eleva una plegaria en la que reconoce la realeza de Jesucristo y María:
“Bendito eres, Señor,
Dios del Cielo y de la Tierra,
que con tu misericordia y tu justicia
dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes;
de este admirable designio de tu providencia
nos has dejado un ejemplo sublime
en el Verbo Encarnado y en Su Virgen Madre:
Tu Hijo, que voluntariamente se rebajó
hasta la muerte de cruz, y ahora
resplandece de gloria eterna y está sentado a tu derecha
como Rey de reyes y Señor de señores;
y la Virgen, que quiso llamarse tu esclava,
fue elegida Madre del Redentor
y verdadera Madre de los que viven,
y ahora, exaltada sobre los coros de los ángeles,
reina gloriosamente con Tu Hijo
intercediendo por todos los hombres
como Abogada de la gracia y Reina de misericordia.
Mira Señor, benignamente, a éstos tus siervos
que al ceñir con una corona visible
la imagen de la Madre de Tu Hijo
reconocen en Tu Hijo al Rey del universo
e invoca como Reina a la Virgen María...”


Cuando las realezas de la tierra llegan a su decadencia más triste, la realeza de María, celestial y maternal a la vez, brilla más que nunca, y a ella claman y por ella suspiran sus hijos:
“A ti clamamos, a ti suspiramos los desterrados hijos de Eva”.

Por eso Juan Pablo II, en su recorrido por el mundo, no se cansa de coronar a María Santísima en las imágenes veneradas en cada pueblo.

Son incontables las imágenes que recibieron la coronación pontifica, sin embargo sólo dos lo fueron con el título de “Reina del Mundo”; en forma expresa y con trascendencia universal: el icono de María Salus Populi Romani, que se venera en la Basílica Santa María la Mayor de Roma, y aún antes, la imagen de la Virgen de Fátima en su Capelinha de la Cova de Iría, ésta con un agregado singular: “Reina del Mundo y de la Paz”. La primera oriental y muy antigua; la segunda occidental y de estos tiempos. Una permanece en la urbe, la otra peregrinando en sus innumerables copias por el orbe.

La imagen de la Virgen de Fátima representa y recuerda sus apariciones maravillosas y su mensaje dramático, del cual acabamos de conocer la última parte. Este mensaje se centra en una frase que, lamentablemente, no es suficientemente conocida y meditada: “Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Corazón Inmaculado”.

El Papa Pío XII que la coronó, fue quien consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María, y pidió que esta consagración fuera ratificada en todas las diócesis, parroquias, comunidades y familias, y que la realice cada cristiano. Y también consagró a Rusia, cumpliendo –en parte- el pedido de Dios.

En los tiempos controvertidos del Concilio Vaticano II, Paulo VI proclamó, en la clausura de la tercera sesión, a María como Madre de la Iglesia. Los Padres Conciliares se despojaron de sus mitras y de pie se unieron en el más atronador y prolongado aplauso del Concilio.

Fue en ese momento cuando renovó la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María y anunció el envío de la Rosa de Oro a la Virgen de Fátima. Si Pío XII tenía una relación con la Virgen de Fátima por haber sido consagrado obispo el mismo día en que Ella se apareció a los pastorcitos, Juan Pablo II tiene otra mayor, ya que en su día, el 13 de mayo de 1981, salvó milagrosamente su vida “una mano materna que desvió la bala.

En acción de gracias peregrinó también a Fátima y repitió su visita el 13 de mayo del 2000, en un acto oficial del Gran Jubileo, ocasión en la que beatificó a Jacinta y a Francisco.

Juan Pablo II no sólo renovó la consagración del mundo –y de Rusia- al Inmaculado Corazón de María, sino que completó este acto según el pedido de la Virgen, haciéndolo con el episcopado mundial el 25 de marzo de 1984. En esa ocasión hizo llevar la imagen de Fátima a Roma para hacer ante ella la trascendental ofrenda.

En el Año Santo 2000, Bimilenario del Señor, quiso el Papa otra vez en Roma a la “Reina del mundo y de la Paz” porque quiso confiar a María Santísima el tercer milenio, con todos los obispos unidos a él, ante esa imagen. Así lo hizo el 8 de octubre. El gran homenaje a María comenzó el día anterior, fiesta de Nuestra Señora del Rosario, con el rezo mundial del Rosario, presidido por el Papa, acompañado por los obispos, participando todos los continentes y con la voz de Sor Lucía que dirigió el último misterio desde su monasterio carmelita de Coimbra.

Esta imagen, singular e histórica, honrada por los Papas y las multitudes, recibió la coronación pontificia el 13 de mayo de 1946. Aquel día decía Pío XII a los peregrinos: “El amor ardiente y agradecido os ha conducido allí; y vosotros quisisteis darle una expresión sencilla condensándolo y simbolizándolo en esa corona preciosa, fruto de tanta generosidad y de tanto sacrificio, que por manos de nuestro Legado acabamos de coronar la imagen milagrosa”.

La corona puesta en las sienes de la Virgen tiene 950 brillantes de 76 quilates, 1400 rosas, 313 perlas, una esmeralda grande y 13 pequeñas, 33 zafiros, 7 rubíes y 26 turquesas. En total 2963 piedras preciosas . Pero hoy la Virgen luce en su corona una gema más preciosa: la bala que no pudo matar a Juan Pablo II, y que él quiso ofrecerle, colocándola allí, en acción de gracias.

Al abocarnos a este trabajo sobre los dogmas de María Santísima encontramos que varios obispos y teólogos decían que el dogma de María Corredentora, Medianera y Abogada, que en estos años se suplica insistentemente, es la “piedra que falta en su corona” (o perla, o joya). Uno de ellos fue el Cardenal Luigi Ciappi OP recientemente fallecido, teólogo papal de los cinco últimos pontífices. Otro, el obispo Paolo María Hnilica SJ, Presidente del Movimiento “Pro Deo et Fratribus –Familia de María Corredentora”.

El propio Pío XII, en la “Munificentissimus Deus” decía que se gozaba de haber podido adornar la frente de la Virgen Madre de Dios, con esta fúlgida perla, el dogma de la Asunción.

Gustando estas expresiones, surgió la idea de introducir nuestro trabajo con reflexiones sobre la realeza de María y la coronación de sus imágenes.

No hay duda de que es una forma bella y acertada de figurar lo que estamos pidiendo: La Virgen Santísima tiene una corona que Dios le ha dado, como decíamos, formada por sus prerrogativas y dones, que bien podemos simbolizar como piedras y perlas preciosas. Y entre ellas los dogmas, las piedras más preciosas de esa corona, que la Iglesia en la tierra fue colocando a través de los tiempos, según las iba contemplando en la corona del Cielo: María Madre de Dios, Virgen Perpetua, Inmaculada, Asunta en Cuerpo y Alma al Cielo.

Estos dogmas ya definidos se refieren al ser de María; el que falta proclamar concierne a su función para con la Iglesia y la humanidad: María Corredentora, Medianera y Abogada. Unidos todos forman como un solo y gran dogma, al decir del Cardenal Ciappi, toda la verdad sobre María. Y si todos los dogmas deben reflejarse en la vida cristiana e influir en ella, éste lo hace de una manera muy especial. El dogma de la Corredentora supone vivir lo de San Pablo: debemos “completar” en nosotros “lo que falta” a la Pasión de Cristo. Los cristianos, los marianos, debemos ser un poco corredentores. Claro está que jamás lo seremos en la forma y en el grado que lo fue María Santísima, pero podemos, como nuestro Santo Padre el Papa, ser totalmente suyos y entregarle nuestros sufrimientos.

La bala de la corona de la Virgen de Fátima simboliza todos los sufrimientos de este gran Papa, que él siempre quiso unir a los de María. De alguna manera podemos decir que en la corona de esta bendita imagen está puesta la piedra que representa el dogma de la Corredentora. Falta ahora que sea colocada solemnemente en la mística corona que le ofrece toda la Iglesia militante, como la ofrecida por el mismo Dios en el Cielo para el gozo inefable de los Coros Angélicos y de los Bienaventurados.

Pongamos nosotros en la corona de la imagen nuestra devoción, nuestras penas y sufrimientos, consagrándonos a Su Inmaculado Corazón con incesante oración, y apresuraremos la gloria de la proclamación del último dogma de la Virgen. Entonces se colocará la piedra preciosa que falta en su corona de la tierra, y la tierra se unirá al Cielo para contemplar con gozo de eternidad a María Santísima en toda su gloria.


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